¿El fin anunciado de la Autoridad Palestina?
Por:
Julien Salingue - Rue89
El
"proceso de paz" es
una ficción, la autonomía palestina una quimera, y el
Presidente de la Autoridad Palestina no es en realidad Presidente
de nada.
Los debates
sobre las declaraciones de Mahmoud Abbas (Abu Mazen), que amenaza con
no volverse a presentar a la Presidencia de
la Autoridad Palestina
(AP), se focalizan sobre una pregunta: ¿Estamos, sí o no,
ante un "farol" del Presidente palestino, destinado a "poner bajo presión"
a la Administración Obama para que suba su nivel de exigencia respecto
a Israel? Esta pregunta, demasiado coyuntural, oculta lo esencial: la
decisión de Abu Mazen, aún cuando la reconsiderara, revela
en realidad el callejón sin salida estratégico en el que
se encuentra la dirección de la AP y, más allá, anuncia
el fin del "proceso de paz" abierto en 1993.
Un aparato de Estado sin Estado
La "Autoridad
Palestina de autogobierno interino" creada por los Acuerdos de Oslo
(1993-1994) fue concebida como un protoaparato
de Estado encargado
de administrar las "zonas
autónomas" palestinas, territorios palestinos
ocupados desde 1967 de los que el ejército israelí se
ha retirado progresivamente a partir de 1994. Para extender la superficie
de los territorios bajo su responsabilidad, y para avanzar hacia un
"acuerdo
sobre el estatuto final",
la AP debía demostrar su capacidad
de imponerse como poder legítimo y estable, capaz de mantener
el orden en "sus"
zonas, previniendo todo acto de hostilidad hacia Israel, instalaciones
militares israelíes y colonias.
Desde 1967
y la conquista militar del conjunto de Palestina, Israel estaba confrontado
a una dificultad mayor, revelada a ojos del
mundo entero por
la Intifada de 1987: el Estado "judío y democrático" administraba
directamente territorios poblados por varios millones de no judíos
y debería tarde o temprano elegir entre el carácter judío
y el carácter democrático del Estado. La creación
de la AP debía responder a esta problemática, librando
a Israel de la gestión de las zonas palestinas más densamente
pobladas a la vez que no ponía en cuestión su dominio
sobre más del 90% de la Palestina histórica.
La AP no
ha sido jamás, en los hechos, el futuro gobierno del
futuro Estado palestino, sino un aparato de Estado sin Estado integrado
en las estructuras de la ocupación y sobrefinanciado por los países
donantes. Su tarea ha sido descargar a Israel de las atribuciones que
corresponden, según el derecho internacional, a toda potencia ocupante
(educación, salud, servicios sociales). Ha jugado también
el papel, vía una cooperación securitaria cotidiana con
los servicios israelíes, de subcontrata de las tareas de mantenimiento
del orden en las zonas autónomas. Por último, mediante la
firma de acuerdos económicos con Israel, ha jugado un papel clave
en la normalización de las relaciones comerciales israelo-árabes.
Durante los
"años de Oslo", los territorios palestinos se han
fragmentado en decenas de entidades con estatutos jurídicos diversos,
aisladas las unas de las otras por múltiples puntos de control
israelíes y las carreteras reservadas a los colonos. El número
de colonos se ha doblado entre 1993 y 2000, mientras que la superficie
de las zonas autónomas alcanzaba a penas el 18% de Cisjordania
y Gaza. Desprovista de soberanía real, la AP ha desarrollado un
sistema patrimonial, autoritario y clientelista, en el que solo una minoría
de privilegiados ha parecido beneficiarse del "proceso de paz".
Abbas, ¿Hombre
adecuado?
Todas las
condiciones estaban reunidas para un nuevo levantamiento, que ocurrió en
septiembre de 2000, dirigido tanto contra la política
israelí como contra los atascos del proceso negociado. Yasser Arafat
alentó este levantamiento, sobre el que esperaba apoyarse para
obtener más en las negociaciones, a la vez que favorecía
su militarización para no perder terreno frente a Hamas. Israel
decidió entonces aislar a Arafat y favorecer el ascenso de dirigentes
más proclives al compromiso, en cuya primera fila estaba Mahmoud
Abbas. Fue así como Abbas fue invitado a una "cumbre por la paz"
con Georges Bush y Ariel Sharon en junio de 2003, mientras Arafat seguía
encerrado en su cuartel general en Ramalá.
¿Iba a triunfar Abu Mazen allí donde Yasser Arafat había
fracasado? Tal fue la apuesta de los Estados Unidos y de Israel cuando
apoyaron al candidato Abbas en las elecciones presidenciales de 2005.
Pero las legislativas de 2006 revelaron el carácter arriesgado
de la apuesta: victoria de Hamas y derrota de la mayor parte de los dirigentes
de la AP. La población palestina expresó su rechazo al sistema
de Oslo y a su personal político, eligiendo una organización
que encarnaba la prosecución de la resistencia a la ocupación
y el rechazo a los compromisos. Son las contradicciones inherentes al
proceso de Oslo las que quedaron al desnudo: ningún poder autóctono
será legítimo y estable si no obtiene la satisfacción
de los derechos nacionales de los palestinos.
Rechazando
admitir el fracaso de la lógica de Oslo, la "comunidad
internacional" no reconoció la victoria de Hamas. La dirección
histórica de la AP, por su parte, hizo todo lo posible, en el espíritu
de Oslo, para conservar su legitimidad internacional a la vez que se debilitaba
un poco más aún en el plano interno: nombramiento de un
antiguo alto funcionario del FMI al puesto de Primer Ministro (Salam Fayyad),
desarrollo de un régimen policial y desarme de la resistencia en
Cisjordania, demanda de atraso del examen del informe Goldstone... Abbas
ha aceptado todo. A cambio de nada. El muro y las colonias han continuado
extendiéndose (500.000 colonos hoy, es decir 4 veces más
que en 1993), la judaización de Jerusalén se ha acelerado,
las incursiones israelíes en el corazón de las zonas autónomas
son cotidianas.
Más
que el desgaste de un hombre, las amenazas de Abu Mazen son reveladoras
del desgaste de un proyecto. Ante nuestros ojos se cierra
el paréntesis de Oslo: el "proceso de paz" es una ficción,
la autonomía palestina una quimera, y el Presidente de la Autoridad
Palestina no es en realidad Presidente de nada. La descomposición
del sistema puesto en pie por los Acuerdos de Oslo se acelera y es la
idea misma de un Estado palestino independiente la que esta desapareciendo.
El Estado de Israel se verá entonces confrontado a una situación
que ha querido siempre evitar pero a la que su política le habrá llevado
inexorablemente: palestinos que no luchan por una entidad política
independiente sino por la igualdad total de derechos, en el seno de un
mismo Estado.